Ray Bradbury — Apresenta Theodore Sturgeon em um Antologia


Introdução à Antologia de Sturgeon: La Fuente del Unicornio
por RAY BRADBURY



Quizá la mejor manera de expresar lo que pienso de un cuento de Theodore Sturgeon sea explicar con qué minucioso interés, en el año 1940, abría por el medio cada relato de Sturgeon y le sacaba las tripas para ver qué era lo que lo hacía funcionar. Hasta ese momento yo no había vendido ningún cuento, tenía veinte años y fiebre por conocer los enormes secretos de los escritores de éxito. Miraba a Sturgeon con secreta y persistente envidia. Y la envidia, tenemos que admitirlo, es para un escritor el síntoma más seguro de la superioridad de otro autor. Lo peor que se puede decir del estilo de un escritor es que te aburre; lo más elogioso que se me ocurre sobre Sturgeon es que odiaba su maldito y eficiente ingenio. Y como él tenía lo que yo andaba buscando, originalidad (cosa siempre rara en las revistas populares), no me quedaba más remedio que volver una y otra vez a sus cuentos, atormentado de envidia, para disecarlos, desmontarlos, reexaminarles los huesos. No sé si de veras descubrí alguna vez el secreto de Sturgeon. Es muy difícil cortar el gas hilarante con un bisturí. La gracia y la espontaneidad son muy evasivas, materiales brillantes y gaseosos que pronto estallan y se esfuman. Levantas la mano para señalar un latido de fuegos artificiales en un cielo de verano, gritas " ¡Mira! ", y bajas el brazo porque, mientras tratabas de tocarla, la maravilla se desvaneció.

Sturgeon tiene muchos de los atributos de una magnífica traca con un potente trueno final. Hay en sus cuentos luces de Bengala y maravillosas culebras y volcanes de invención, humor y encanto. Y antes de emprender el viaje por este libro y sus correspondientes maravillas, quizá te convenga hacerte una radiografía de las glándulas. Porque es evidente que el señor Sturgeon escribe con las glándulas. Y si no lees con las glándulas funcionando correctamente, este libro no es para ti.

Pero escribir con las glándulas es una ocupación precaria. Muchos escritores tropiezan con sus propios intestinos y caen a una muerte terrible, entre retorcidas masas de tripas, en las fauces de la negra y muy malvada máquina de escribir. Eso no pasa con Sturgeon, porque es evidente que sus vísceras, a medianoche, proyectan un increíble resplandor sobre todos los objetos cercanos. En un mundo de falsa solemnidad y enorme hipocresía, es maravilloso encontrar cuentos escritos no sólo con ese voluminoso objeto arrugado que hay por encima de los ojos sino, sobre todo, con los vigorosos ingredientes de la cavidad peritoneal.

Ante todo, Sturgeon parece amar la escritura, y deleitarse con relatos felices de ritmo trepidante. Es cierto que algunos de los cuentos incluidos en este libro no son monumentos a la alegría sino, aviesamente, fríos y verdes edificios de miedo. Hay que recomendar este libro a esos médicos oscuramente inescrupulosos que suelen despachar los violentos extremos de enfriamiento y calentura de sus pacientes diciendo que el resultado inevitable es la gripe.

No conozco personalmente al señor Sturgeon, pero desde hace algún tiempo sus cartas estallan en mi buzón, y después de algunos días de conjeturas he llegado a la conclusión de que el señor Sturgeon es un niño que se ha escapado de su casa un día de primavera y ha buscado refugio y alimento bajo un puente, un gnomo pequeño y brillante que usa pluma y tinta rápidas y papel blanco mientras escucha, allá arriba, el trueno de un mundo intemporal. Y ese gnomo increíble, bajo su estruendoso puente, al no poder ver el mundo secreto que le pasa por encima, se ha formado sus propios conceptos acerca de esa oculta civilización. Allí arriba, ¿quién sabe?, podría ser el año 1928, o 2432, o 1979. Parte de la imagen que tiene está sacada de una manera de vivir que ha adivinado con divertida precisión a partir de los sonidos de las pisadas y de los ruidos y las voces de la gente que pasa por lo alto; el resto es pura fantasía e invención, un gigantesco carnaval distorsionado pero más real todavía a causa de su irrealidad. Nos vemos retratados en poses grotescas, en plena actuación.

Espero conocer algún día a Sturgeon. Iré a hacer alguna excursión a pie por el centro y el este, por caminos rurales y por senderos de sicómoros, y me detendré en cada puente a escuchar y mirar y esperar, y quizá una tarde de verano, en el silencio propio de esos días, miraré hacia abajo y al pie de un arco de esquisto encontraré al señor Sturgeon escribiendo con pluma y tinta. No será fácil encontrarlo, pues todavía no he entendido qué tipo de puente prefiere, si los puentes altos, metálicos y arquitectónicos como el de Brooklyn y el de San Francisco, o puentes de arroyo pequeños, olvidados, cubiertos de musgo, donde cantan los mosquitos y el silencio es verde. Cuando haya entendido las dos mitades de su escindida personalidad de escritor, iniciaré la caminata. Y si al llegar a algún puente solitario es de noche, reconoceré su escondite por el puro y brillante resplandor que emiten sus vísceras, que permitirá ver hasta el otro extremo del prado y la montaña más lejana.

Mientras tanto, felicito al señor Sturgeon diciendo que todavía lo odio .

RAY BRADBURY
Los Ángeles, 1948

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